De cuando Marisol se hizo militante comunista

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Fue Marisol la niña prodigio del franquismo y, según relató en lejanísimas crónicas el insigne Francisco Umbral (y ha recuperado Vanity Fair recientemente), también fue esclavizada criatura de feria a la que prebostes de la dictadura contemplaban desnuda en la noche de los tiempos, encerrados con un solo juguete (o varios) en chalés desde donde se oían las risas de Ava Gardner martirizando a Perón.

Eran otros tiempos.

Los tiempos felices (para las clases altas del franquismo) de Joselito y Marisol. Cócteles y teléfonos blancos en las mansiones de la alta burguesía. Cines de la Gran Vía con inmensos carteles pintados a mano donde los rostros de las estrellas bailaban el último cuplé.

Luego Marisol se hizo mayor y pasó a llamarse Pepa Flores y a cantar Háblame del mar, marinero. Bellísima balada de Manuel Alejandro.

Conoció a Antonio Gades, el bailarín, trabajaron juntos en Cabriola (película dirigida por el estadounidense Mel Ferrer), se enamoraron y se convirtieron en pareja.

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Corría los años 70 y definitivamente Marisol quedaba atrás y Pepa Flores y Antonio Gades ahondaron en su compromiso político y se hicieron comunistas militantes. En el lado de la ortodoxia más estricta. Frente a las veleidades de Santiago Carrillo y su PCE virado hacia la moderación y el eurcomunismo, Pepa Flores se hizo del PC (posteriormente Partido Comunista de los Pueblos de España), escisión prosoviética que lideró Ignacio Gallego.

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¿Quién se acuerda de aquellas guerras fraticidas del comunismo hispánico? El caso es que Marisol ya convertida en Pepa Flores se manifestó profusamente contra OTAN (como en la imagen de arriba, por las calles de Sevilla) y también se manifestó en apoyo a la Cuba de Fidel Castro. Era otra época.

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Pero, en realidad, la militancia y el amor iban unidos y cuando se acabó el amor con Antonio Gades (allá por 1986) se acabó la militancia. La mujer que levantaba el puño en las manifestaciones bajo el brillo rojo de hoces y martillos se marchó a regar las flores a su Málaga natal.

Como una Greta Garbo resguardada frente al Mediterráneo pero sin ninguna tristeza.

Simplemente es que Pepa Flores eludió atender a la prensa y los periodistas intentaron esbozar una leyenda que en 2017 se desvaneció porque Pepa Flores, con toda naturalidad, se dejó ver ante los fotógrafos en un concierto de su hija Celia, a quien quiso apoyar en su carrera musical.

Y Pepa Flores volvió a ser un recuerdo. La foto de los 80 con el puño en alto o la niña que era un rayo de sol y a quien por las noches perseguían lobos feroces.

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A ambas, de un modo u otro, las devoró en tiempo. 

DANIEL SERRANO