Kursk: una versión de la historia

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La historia de una catástrofe que fue un drama nacional y parte del ajedrez de la política internacional. Eso es Kursk, la última película del danés Thomas Vinterberg, una producción francesa muy alejada de sus orígenes en el movimiento Dogma que creó junto a Lars Von Trier.

La película recrea la tragedia del submarino nuclear de la Armada rusa, K-141 Kursk. Es un regreso al no tan lejano 12 de agosto del 2000, con 118 tripulantes a bordo y sin ningún superviviente tras intentos de rescate fallidos. Lo ocurrido está considerado como la peor catástrofe de la historia postsoviética.

El protagonismo de la película recae en una familia: la madre (que va a dar a luz muy pronto) y el hijo de tan solo tres años tienen que soportar constantes despedidas del padre (Matthias Scnoenaerts) debido a su labor como marino de la Armada rusa. Sin embargo, no esperaban la explosión de dos torpedos en el mar de Barents, lo que hizo de esta última despedida, la definitiva. 

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En el verano del 2000 el Kursk tenía una misión de espionaje a la flota estadounidense, y previamente se preparaba con un entrenamiento naval que contaba con los últimos avances, ya que por aquel entonces era uno de los submarinos nucleares más grandes jamás construidos. Iban a probar torpedos para venderlos posteriormente a China. 

La película cuestiona si realmente se hizo todo lo posible por salvar a los marinos y cuánto de cierto tiene que 118 personas estuviesen destinadas a morir. El foco de atención se sitúa en la falta de información, rigor, responsabilidad, y eficacia por parte de la Armada de Rusia. 

Sin supervivientes

Una de las escenas más impactantes de la película es la reproducción del momento (que ocurrió tal cual en la realidad) en el que una madre no es capaz de controlar su ira y se lanza desesperadamente a las autoridades, acusándoles de no hacer todo lo posible por salvar a los tripulantes.

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Madres, mujeres, hijos, vecinos y vecinas no daban crédito a lo que estaba ocurriendo. Pasaban los días y no había noticia alguna. La esperanza se disipaba a medida que las evasivas crecían. Y, aunque tarde, la noticia llegó: no hubo supervivientes. 

El filme muestra cómo el nacionalismo exacerbado tuvo más importancia que 118 vidas humanas. Vinterberg ha querido enfatizar que países como Noruega, Gran Bretaña y sobre todo Estados Unidos ofrecieron su disposición a ayudar desde el primer momento pero que, el egocentrismo de la recién disuelta Unión Soviética, era mucho más fuerte. No podían arriesgarse a que el titular de rescate, y con ello los aplausos y veneraciones, fueran protagonizadas por otros países que no fueran Rusia. 

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El peso de los medios de comunicación

Otro punto destacable de la película es el gran peso que tienen los medios de comunicación, más fuerte que el poder político. En este caso se aprecia cómo los medios son la principal fuente de presión e intimidación a las autoridades, que servirán de gran ayuda a las familias y posteriormente al mundo entero, dando a conocer las mentiras, retrasos injustificables y la realidad de los hechos ocurridos en el Kursk. 

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Hay muchas versiones de lo que ocurrió realmente en el Kursk, lo que está claro es que al entonces presidente (y actual) Putin le acompañará siempre una oscura mancha. Las familias no perdonan que éste iniciase sus vacaciones en un balneario de Sochi (Mar Negro) en el mismo momento que se pierde el contacto con el submarino. 

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Tal vez no sea una obra maestra pero entretiene y trata un episodio apasionante de la historia reciente. Aunque preferíamos al Vinterbeg de Celebración, tan irrespetuoso y punk. 

MARINA CARTAGENA

Fotos: Gtres y Kursk (EuropaCorp)