Teoría y praxis del macarrismo

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Ser macarra tuvo su glamour y existió una constelacion de estrellas del cine quinqui cuya fugacidad resultó obligada por el consumo de heroína y su extinción en un brevísimo plazo de tiempo. Pocos de quienes nutrieron la quinta del Torete sobrevivieron a su celebridad. Aquellos tenebrosos primeros 80, antes de que España se modernizase y Madrid reinventase la Gran Vía como distopía de franquicias con los cines sin esos carteles pintados a mano de antaño.

Pero macarras hubo mucho antes y mucho después de aquellos que el cine quinqui hizo célebres. Macarras de verdad. Y daban miedo. Las urbes (por mucho que digan) han ido a mejor porque la violencia estaba en las calles y lo cuenta el magnífico ensayo (o reportaje) Macarras interseculares escrito por Iñaki Domínguez. Se subtitula Una historia de Madrid a tavés de sus mitos callejeros. Y así es: ahí están las peleas entre rockers y mods que acabaron en muerte y cierre del Rock Ola, las agresiones de skinheads nazis que tenían su base de operaciones en los bajos de Aurrerá, la temida Panda del Moco como máximo exponente de los pijos malos como macarras de alto nivel adquisitivo, la ofensiva SHARP y del rap concienciado contra el fascismo pandillero.

Todo eso ocurrió.

E Iñaki Domínguez, que viene de la antropología pero podría ser un excelente periodista (mejor que muchos de los periodistas que a día de hoy padecemos), ha entrevistado a numerosísimos testigos directos y el testimonio oral que recoge es un relato trepidante, estremecedor y también muy certero. Así han sido (así son en parte) nuestras ciudades. La violencia juvenil estuvo ahí y ahora parece atenuada pero quién sabe cuándo volverán las bandas.

Y atención a los años 90 porque, bajo la aparente concordia de una década políticamente inane y con una juventud en pleno paroxismo hedonista, se cocía el caldo de cultivo de futuras rebeliones, y había quien peleaba en las aceras.

Interesantísima también la aproximación al universo del bakalao, con Attica como epicentro de una migración tribal que aunaba lumpen, famoseo y otras facciones que veían amanecer en el arcén de la carretera de Barcelona.

Da miedo, a veces, leer Macarras interseculares porque hallamos esa violencia que encarnan ciertos sujetos a los que conocimos en nuestra adolescencia y de quienes huímos. Esos partidarios de la pelea continua, del daño, sin empatía alguna y con una vibración de locura en los ojos que aterrorizaba al más pintado.

Y Madrid como escenario.

Un Madrid que no se acaba en Malasaña e inmediaciones sino que abarca sus múltiples barrios pijos (del Parque de la Avenidas donde surgieron los Hombres G al Paseo de la Habana o Conde Orgaz) y el extrarradio cuya línea del frente une Moratalaz, la Prospe, Saconia o Torrejón de Ardoz.

Salen también Ultrassur y Bases Autónomas pero de refilón.

Un excelente libro.

Sin pretensiones moralistas (machismo, homofobia y racismo están presentes en los testimonios y queda ahí ese rastro para que sea el lector o lectora quien juzgue -el autor lo obvia-) y con enorme destreza literaria.

Macarras interseculares es un mapa de Madrid pero trasciende lo local. Cada urbe tiene historias similares. De hecho, nos interesaría mucho leer un texto similar de la Barcelona donde el barrio de la Mina se convirtió en generador de un macarrismo que, en el fondo, tenía su lado subversivo. Porque era síntoma de una sociedad que, en algunas de sus partes, estaba sometida a la putrefacción. Dale caña, Torete.

DANIEL SERRANO

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